Gestación

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Por: Rodrigo Santín

 

Hace un par de semanas dicté una conferencia sobre algunos aspectos del cuento, en una Universidad de provincia.

Transcurrió todo bien, pero al llegar a la parte de preguntas y respuestas, como es común, un joven universitario me hizo una rara pregunta, en la que no pensaba desde hace tiempo y por lo tanto, al momento no pude responder: “¿Qué pasa si escribe un texto que a nadie más le gusta, excepto a usted?”. Mi respuesta estaba a punto de ser “No lo publico y ya”, pero a punto de decirlo, me invadieron recuerdos, teorías y otras cosas que me impidieron hacerlo. Seguramente, como me sucede cuando no sé qué responder, tartamudeé un minuto y salí por la tangente con alguna respuesta sarcástica del tipo “Afortunadamente no he tenido que pensar en ello desde hace muchos años”. La gente del auditorio rió y me sentí aliviado, pero su pregunta me quedó rondando en la cabeza.

Tan obsesivo como soy, no pude dejar de pensar en lo que había cuestionado aquel chico y me arrepentí grandemente, pues en verdad me hubiera gustado darle otra respuesta más profunda si la hubiera tenido. Fue así que me propuse, aunque jamás lo vuelva a ver ni él logre leerlo, escribirle a modo de respuesta un texto, que al final me pareció como si lo escribiese hace treinta años cuando me pasaba exactamente aquello que preguntó.

 

“Un gran escritor del siglo pasado aseguró que toda obra artística y en este caso específico, por ser la labor que abordo día con día, el cuento, una vez terminado, se convierte en una especie de vástago, de hijo inmaterial que lo llena a uno de felicidad. Se va gestando en la cabeza del escritor, madura lentamente y cuando al fin ha llegado su tiempo, nace embarrándose en una hoja de papel y ensuciando todo a su alrededor. Mientras uno lo escribe, en un labor similar al trabajo de parto, deja de pensar en cómo será, si tendrá cuatro o cinco patas, si funcionará bien, o cualquier otra cuestión importantísima, pero que en ese momento de nacimiento, no importa. Uno se concentra en dar a luz con todo el amor que guarda en sus manos y cuando, en un proceso casi automático, pone el punto final, aleja la cara y mira al neonato levantando una ceja y entrecerrando los ojos con una falsa objetividad, se sabe que en verdad esa es la mirada más amorosa que le ha dado a alguien. Uno sonríe ante el cuento recién nacido y por un instante, un brevísimo instante piensa: Es el mejor cuento que se ha escrito.

La euforia dura un par de horas, en que uno podría mostrar a todo el mundo su texto recién escrito, pero como los escritores somos personas más bien solitarias, uno se conforma con que alguien de sus seres más cercanos admire a su bebé. Pero antes de que esto pase, uno lo deja dormir y reponerse del arduo labor que él también acaba de sufrir, así que modestamente, lo deja encima de otros muchos papeles que le servirán de cuna y ocupa su mente en otra cosa, aunque de cuando en cuando, mirará al recién nacido y sonreirá al leer su título.

Después empieza una etapa parecida a la escuela en donde uno lleva al pequeño cuento para que aprenda, para que los colegas lo lean e irremediablemente digan “Está feo, tiene mal el corazón, sufre del hígado, está enfermo de la cabeza”. Todo esto lo escucha el cuento, por que no hay otra manera de hacerlo y cuando están los dos en casa a punto de dormir, por su forma de acostarse, uno sabe que el cuento está triste.

Se le deja, se guarda en el escritorio con los demás cuentos y uno se aleja para que ellos se huelan,  se conozcan y se hagan hermanos. Entonces uno los lleva todo el tiempo en la cabeza y se dice a sí mismo, tengo un cuento así y asado, y uno más que hace esto y lo otro, y con el tiempo los va queriendo más y más. Después uno saca de nuevo al cuento más reciente y se lo muestra a los no colegas y le dicen: “Qué bonito cuento, tiene los ojos de su padre, ¿Quién es la madre?, tiene una sonrisa divina”.

Y uno se siente orgullosísimo y quisiera de nuevo que todos lo conocieran para seguir escuchando cosas así.

Ahora, uno en verdad quiere que el cuento sea mejor y decide llevarlo al doctor, que casi siempre es otro escritor, pero de renombre

Y uno admite que está chueco, que tiene escoliosis, que tiene un ojo más grande que el otro y la boca ladeada, y le borra algunos signos de puntuación, le corta el pelo y lo maquilla con uno que otro adjetivo, y uno ya no quiere que sea el mejor cuento que se ha escrito, sino el cuento que está destinado a ser.

Al volver, en un instante sagrado de iluminación, uno comprende y lo lleva a la puerta de la casa y lo deja ir. Y el cuento, volviendo la vista de vez en cuando, se aleja caminando en sus cinco patas para vivir su propia vida y al menos uno de los dos, el cuento, intente ser feliz.

Paloma Cuevas R.

Paloma Cuevas R. es el resultado de una educación libre y sin trabas. Obtuvo una formación académica en Filosofía por la UNAM y en Enseñanza del Inglés por la UAEM. Es humanista y sapiosexual. Docente durante más de 22 años, columnista, escritora y locutora en temas de Cultura, Política y Erotismo. Corresponsal del programa “A Medios Chiles” de #LaPayolaRadio. Promotora y gestora cultural incansable. Madre y cómplice de los Tres Mosqueteros. Amante declarada de México, el buen café y la verdad sin anestesia. Cuenta con un par de libros publicados en colaboración con otros autores: “Nosotros también nos acordamos”, publicado por la Universidad Autónoma del Estado de México, y “Hacerle al Cuento” Antología de aniversario de Amarillo Editores. Colabora con UniRadio y es una humanista declarada. "La educación y la cultura son el más poderoso antídoto contra la violencia..."

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