EN BANORTE HAY QUE TOMÁRSELO CON KARMA

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por Federico Traeger

Resulta que por alguna razón cósmica, desoxirribonucleica o meramente kafkiana, o quizá se trate de una mezcla de las tres, nací con un karma burocrático difícil de asumir. Siento que es mi deber (o mi agonizar) ontológico escribirlo y compartirlo. Ahí les va: muchas veces, cuando debo realizar un trámite, me ocurre algo insólito… entro a una zona en la que todo y nada es posible. Citaré dos ejemplos antes de narrar lo que me ocurrió recientemente en Banorte.

Cuando cursaba el tercer año de secundaria, me avisaron que debía ir a las oficinas de la Secretaría de Educación Pública y pedir mi certificado para incorporar mis estudios a la UNAM. Se dice fácil. Durante meses, fui a las oficinas de la SEP que estaban ubicadas en la plaza de Santo Domingo, en el Centro Histórico del Distrito Federal y, o no estaba la persona que podía buscar el documento, o yo no llevaba la identificación adecuada o el número de copias necesario. Resumiendo, una mañana llegué al viejo edificio y vi cientos de cajas amontonadas en los pasillos: se estaban mudando a otro local. Luego de hacer una cola larguísima, en la ventanilla de atención al cliente, una anciana que oía con dificultades y estaba completamente chimuela, escuchó mi caso, esbozó una sonrisa y me ofreció la siguiente solución: “Estás muy joven, m’hijo, va a ser más fácil que vuelvas a cursar la secundaria. Aquí ya no vas a encontrar esos papeles”. Asustado, impotente y furioso, supliqué, grité y amenacé hasta que un dependiente jorobado y con el chaleco raído me dijo que había un cuarto con certificados regados por el suelo y capaz de que por ahí. Entré al lugar. Las paredes amarillentas y descarapeladas se erguían sobre montículos de documentos tirados. Seguramente cayeron de entre los archiveros como caen los cuadritos de cebolla de un gordo taco al pastor. Me hinqué. Estuve durante horas escarbando entre papeles con fotografías en blanco y negro: vi rostros adolescentes que como yo, no lograrían comprobar su existencia. Otros chavos, también de rodillas, hurgaban a mi lado. De pronto alguien pegó un grito: ¡lo encontré! Eso me alentó. Empecé a separar actas a una velocidad vertiginosa hasta que algo me hizo detenerme: era una huella de zapato lodoso con suela de tractor sobre un documento. Leí mi nombre. Vi mi foto. Lloré. Afortunadamente, en la UNAM aceptaron mi acta pisoteada y sucia y no tuve que repetir tres años de estudios.

El segundo ejemplo: cuando me contrataron como redactor publicitario en una agencia de publicidad en Newport Beach, California, uno de los requisitos para que me dieran mi visa de trabajo tipo H1, era demostrar que había terminado una carrera universitaria. Me pedían, específicamente, un documento que detallara las materias cursadas durante los ocho semestres de estudios y la nota de calificación de cada una. Faltaban tres semanas para que estrenara mi trabajo en los Estados Unidos. Ya había vendido muebles, depa y coche. Ya había pasado las entrevistas de quienes serían mis jefes y colegas. Todo estaba listo. Fui a la universidad un martes, me dirigí a la oficina donde se guardaban los expedientes de los ex alumnos y… Se dice fácil. “Buenas tardes”, le dije a una señorita mal encarada. Le expliqué a lo que iba y lo primero que me advirtió fue el costo que tendría el trámite. Lo segundo, luego de localizar y revisar mi documento, fue: “Hay un pequeño problema, usted no terminó sus estudios. La materia de administración está reprobada”. No podía creerlo. “Claro que terminé mis estudios”, le dije. Acercó el documento y me demostró lo que ahí se leía. “No se preocupe”, continuó sarcástica, “solicite su examen y cuando termine el semestre se presenta y, si le va bien, lo aprueba”. Salí de ahí incrédulo y nervioso. Esto iba a invalidar mi nueva situación laboral. ¿Cómo era posible? Yo había terminado mi carrera y ahora resultaba que no. Seguramente se trataba de una confusión. Regresé a la universidad el jueves siguiente y, en la misma oficina, otra señorita, sonriente y agradable, me atendió. Decidí actuar como si no hubiera ido antes, para no activar las fuerzas “anti yo”. Pedí mi expediente, la chica lo revisó y me dijo que todo estaba en orden. Le pedí que me lo mostrara y constaté que, en efecto, había aprobado todas las materias, incluyendo administración de empresas. “Pero hay un ligero inconveniente”, me dijo, “no funciona la máquina de fotocopias, mañana no trabajamos ni tampoco el lunes. Vuelva el martes, por favor”. El tiempo apremiaba. Regresé el martes y me encontré con la primera señorita, la mal encarada. “¿Usted qué hace aquí”, cuestionó retadora. Se me enfriaron las manos y los pies. Le expliqué que el jueves había visto mi expediente y que todas mis materias estaban en orden. Se levantó de su silla, abrió el archivero, dio con mi documento y me demostró que la materia en cuestión no estaba acreditada. “Ya le dije lo que tiene que hacer”, remató. Un par de días después, el jueves, regresé por si las moscas, y vi la sonrisa de la chica agradable. “Claro que sí”, me dijo, “ya compusieron la fotocopiadora, ahora mismo le sello su constancia de estudios”. Lo selló. Salí de la universidad y sí, había terminado la carrera completamente. Administración, también. Por lo tanto, supongo que el único día en que aún no tengo licenciatura, es los martes. Acabé viviendo veintiséis años en los EEUU, trabajando como publicista en varias ciudades.

Ahora que estoy de regreso en mi país, pensé que ya había superado mi karma. Hasta que me topé con Banorte. Resulta que recibí un pago, una remesa de los Estados Unidos, por medio de Western Union, que por cierto fue mi cuenta a la que le hice campañas publicitarias a nivel internacional y hasta me tocó desarrollar el lanzamiento de su servicio “Dinero a México en Minutos”. Se dice fácil. Fui con mi identificación y “No, señor, falta un apellido”. Llamé a Los Ángeles, a la persona que hizo el envío. “No te preocupes”, me dijo, “yo aquí les digo que agreguen tu apellido materno”. Desafortunadamente, en Western Union le recomendaron a mi amigo que eligiera, entre varias opciones, el Banorte, por tener tantas sucursales. Solo ahí podía retirar mi dinero. Al día siguiente, regresé al mismo banco. Entregué mi documento y mi número de referencia. A través de la ventana antibalas vi la expresión del cajero mirando algo en su computadora. Era similar a la de la señorita mal encarada y a la de los burócratas de la SEP. Llamó a otro cajero. Ambos miraban la misma pantalla y advertí que algo les causó gracia pero reprimieron sus ganas de reír. Luego de largos minutos, el dependiente me dijo: “Se cayó el sistema, vuelva mañana”. Salí vociferando, el policía de la entrada expandió el pecho y dio dos pasos hacia mí. Regresé a otra sucursal un día después, hice la cola, al llegar mi turno, tartamudeé, resultó que todo estaba en orden, pero el sistema, levantado y en acción, no autorizaba la entrega del dinero. “¡No puede ser!”, me quejé, “a veces pasa”, me respondieron con ojos de lástima. Esperé dos días, como para enfriar mi mala racha y volví a un Banorte, en otra colonia. “Su identificación”, me pidió la cajera. “¿Y la copia de su identificación?”, preguntó. “No me habían pedido una copia antes”, le dije. “Sin la copia, no procede el pago”, me aseguró, mirándome con cinismo. Le pedí, le solicité, le rogué al gerente del banco que me fotocopiara la credencial pero… “no funciona la fotocopiadora, lo siento, además ya vamos a cerrar”. Un día después, llevé mi identificación con una copia al Banorte donde se habían querido reír de mí y, muy de buen humor, el cajero me dijo que no era necesaria la copia. Le di mi número de guía, presionó un par de teclas y me entregó mi fajito de pesos. ¿De qué dependió la celeridad y la amabilidad esta última vez? Nunca lo sabré. ¿Seré el único ser humano al que le ocurren estas cosas? Ni idea. Con las puertas me pasan eventos aún peores, pero eso lo revelaré en otra ocasión. Por el momento, como dice la canción: “Well we all shine on, like the moon and the stars and the sun…”

Paloma Cuevas R.

Paloma Cuevas R. es el resultado de una educación libre y sin trabas. Obtuvo una formación académica en Filosofía por la UNAM y en Enseñanza del Inglés por la UAEM. Es humanista y sapiosexual. Docente durante más de 22 años, columnista, escritora y locutora en temas de Cultura, Política y Erotismo. Corresponsal del programa “A Medios Chiles” de #LaPayolaRadio. Promotora y gestora cultural incansable. Madre y cómplice de los Tres Mosqueteros. Amante declarada de México, el buen café y la verdad sin anestesia. Cuenta con un par de libros publicados en colaboración con otros autores: “Nosotros también nos acordamos”, publicado por la Universidad Autónoma del Estado de México, y “Hacerle al Cuento” Antología de aniversario de Amarillo Editores. Colabora con UniRadio y es una humanista declarada. "La educación y la cultura son el más poderoso antídoto contra la violencia..."

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